Estaba recién aterrizado el otoño, pese a lo cual
el calor, muy propio de esta nuestra Écija, no nos había
abandonado. Era miércoles y por tercera semana en lo
que iba de temporada nuestro Écija disputaba un partido
oficial, la tercera ronda de la Copa de S. M. el Rey, una eliminatoria
maldita para nuestro equipo, ya que nunca la escuadra azulina
la había logrado pasar. Nos visitaba un histórico
de la segunda A que esa temporada, y de forma fugaz, militaba
en el grupo segundo de la categoría de bronce del fútbol
español, el Eibar, un equipo tosco duro y que nos iba
a poner las cosas muy difíciles.
Pese a la dificultad del rival y el cansancio acumulado de
disputar un torneo tan exigente como era el torneo del K.O.,
veía en el ambiente que podía ser una de esos
partidos que iban a pasar con letras de oro y brillantes en
la historia del Écija como la de San Juan, Talavera o
como no, Levante, y por lo visto no me equivoque. El viejo San
Pablo estaba lleno a rebosar, no hacia años que no veía
este estadio con tanta gente, familias enteras, amigos, parejas,
gente que, aunque no era muy aficionada al fútbol y gracias
a los precios populares puestos por un consejo de administración
recién llegado, se decidieron acercar al coliseo de la
Calle José Herráinz a presenciar un partido, que
como yo, nunca olvidarían.
Cuando subí a mi cabina para, como viene siendo habitual
en los últimos 5 años, contarles a mis oyentes
lo que discurriría en el césped, me frotaba los
ojos y no me lo creía, el San Pablo estaba lleno hasta
la bandera. Cuanto hubiésemos dado los que años
atrás veníamos todos los domingos al estadio haberlo
visto mas veces así. Del encuentro recuerdo mas bien
poco, para que les voy a engañar, lo que recuerdo es
que fue un partido muy duro, muy difícil frente a un
rival que, ya por entonces, apuntaba a que iba a volver a la
categoría perdida la campaña anterior, pero lo
que no voy a olvidar es que la afición del Écija,
mi afición, se volvió a reencontrar con su equipo.
Jugadores de la veteranía en el Écija de Zabala,
Pichardo, Capa o Jorge García veían algo que hasta
entonces no habían visto, su afición se volcaba
como nunca haciendo de jugador numero doce y llevando al equipo
en volandas hacia el triunfo. Resaltar dentro de la afición,
un grupo de seguidores colocados en el gol sur que llenaron
de colorido y de ambiente mas si cabe el San Pablo, me refiero
a mis brigadas, los Brigadas Azules, quienes encabezaron, con
sus cánticos, sus gritos y sus olas, a esa afición
que tan importante papel jugo en la eliminatoria.
El empate a cero durante el partido no hacia justicia a los
equipos ya que aunque ninguna de las 2 escuadras fue superior
a la otra se vio un partido en el que el empate tendría
que haber sido con goles. Se tuvo que llegar a los penaltis
y el corazón de mas de uno, entre otros el mío,
no sabemos si aguantaría el tirón de una justicia
tan dura para resolver una eliminatoria que se merecieron los
2. El primero en lanzar era el Eibar, y en concreto su delantero
Iñigo quien había sido el jugador más destacado
en el equipo armero, disparó y casi la manda a la torre
de la victoria, el pase estaba mas cerca. Se sucedían
los lanzamientos y con mayor o menor fortuna todos entraron
hasta que llegó el último. El lanzador era Paco
Luna, un viejo roquero del fútbol que, tras pasar por
diversos equipos de España y del extranjero, había
aterrizado esa misma temporada en el club. La emoción
del momento no solo se vivía en el césped y en
la grada sino también los que contábamos el partido
para nuestros oyentes o espectadores estábamos a la espera
del lanzamiento, fíjense en la emoción que, quien
les habla tenia, que por primera vez tuve que salir de la cabina
al no poder aguantar mas los nervios. Paco Luna colocaba el
cuero en los once metros disparaba y…………
gol gol gol gol gol y así hasta cerca de 80 veces. El
san pablo reventaba de alegría los aficionados saltaban
al césped a aupar a sus héroes, era una celebración
que me recordó al del ascenso a segunda aquella tarde
de Junio del 95 la afición se echo a la calle a celebrarlo
y a falta de las ninfas los aficionados se bañaron en
la ya tradicional fuente del Cervantes junto al bulevar y muy
próximo al estadio. En un momento de tal alegría,
algunos nos acordamos de los que no estaban, de aquellas personas
que siendo tan solo un aficionado de a pie o el hombre que salvó
en su peor momento y presidió hasta su muerte el club,
habían desde arriba dado un pequeño soplo para
que aquella pelota entrara.
Se había conseguido pasar la eliminatoria maldita pero
lo mejor estaba aun por llegar pero eso se lo contare otro día…….